A LA VERA DEL RECUERDO

Carlos Monzón y su triunfo eterno en Roma

POR FLOR DE KO.- Todos los caminos conducen a Roma, dice una vieja frase italiana. Algo de eso hay en esta historia. Dos caminos distantes tuvieron como punto en común de llegada a la ´Ciudad Eterna´, más precisamente al Palacio de los Deportes, en la noche lluviosa del 7 de noviembre de 1970.

De un lado llegaba Giovanni Nino Benvenuti. Ídolo deportivo de los italianos, galán, improvisado actor de películas pochocleras. Nacido el 26 de abril de 1938 en la pequeña localidad de Izola, ubicada al sudoeste de Eslovenia, en la costa del Mar Adriático, pero un símbolo italiano.
Su explosión fue en 1960, cuando Roma fue sede de los Juegos Olímpicos y el joven boxeador amateur, miembro de la selección local, ganó la medalla de oro de la categoría welter, y además recibió el trofeo Val Barker al mejor pugilista kilo por kilo de los Juegos. Tomemos nota, en esa misma contienda el oro en la división mediopesado lo consiguió nada menos que Cassius Clay.
Seis meses después y con gran popularidad saltó al profesionalismo. El 20 de enero de 1961 le ganó por puntos en seis rounds a Ben Ali Allala. Así comenzó a transitar un camino de victorias que lo llevó primero a ser campeón italiano mediano y el 17 de diciembre de 1965 venció a su compatriota Sandro Mazzinghi y obtuvo el campeonato mundial súperwelter AMB / CMB, títulos que perdió rápidamente en Seúl ante el local Ki Soo Kim, el 25 de junio de 1966.
Pero en 1967 iba a comenzar uno de sus momentos más destacados, cuando enfrentó por primera vez a Emile Griffith, con quien tendría tres choques, transformándose en clásicos rivales.
El 17 de abril se cruzaron en el Madison Square Garden de Nueva York, y Benvenuti ganó por puntos, capturando el título mundial mediano AMB / CMB. Y la revancha llegó el 29 de septiembre en el Shea Stadium de Queens, donde ganó Griffith en fallo dividido, desquitándose y recuperando las coronas. Y la trilogía finalizó el 4 de marzo de 1968, otra vez en el Madison, donde el italiano volvió a vencer por sumatoria unánime y al fin regresó con los títulos a Italia. Defendió la diadema cuatro veces hasta que llegó la noche lluviosa en el Palacio de los Deportes romano.

El otro camino era transitado por ´Escopeta´. Carlos Monzón no tenía un historial olímpico ni era popular. Cuando peleaba en el Luna Park, lejos estaba de vender todas las localidades. Incluso aficionados y periodistas reconocían que su boxeo era destructor, pero remarcaban que verlo pelear muchas veces era algo aburrido.
El santafesino era casi cuatro años más joven que Nino. Y esperaba llegar a Roma para cumplir el gran sueño de su vida, combatir por el título mundial. Ya hacía tres años que Juan Carlos Lectoure estaba gestionando una chance para Monzón, que por entonces había logrado los cinturones de campeón argentino y sudamericano mediano.
En agosto de 1969, en Salt Lake City, Estados Unidos, la Asociación Mundial de Boxeo realizó su convención. Allí concurrió Lectoure y avanzó en las negociaciones con directivos de la entidad, en especial con Bill Brennan, quien al año siguiente sería presidente.
Como consecuencia de esas conversaciones, los italianos Bruno Amaduzzi y Rodolfo Sabbatini llegaron a Buenos Aires para reunirse con Lectoure. Y al segundo día de reuniones, el 2 de julio de 1970, se confirmó la pelea entre Benvenuti y Monzon. Los manejadores de Nino dudaron entre una cuarta edición con Griffith (1° en el ranking CMB) o enfrentarse con el desconocido santafesino (1° en la AMB). Eligieron a Monzón. El anuncio se hizo oficial el día siguiente por la tarde, en una rueda de prensa realizada en Buenos Aires.
Pese a la confirmación de la chance mundialista, Lectoure, Amilcar Brusa y Monzón tomaron riesgo y como parte de la preparación hicieron dos peleas: el 18 de julio le ganó por puntos tras diez rounds al estadounidense Eddie Pace y el 19 de septiembre noqueó en el cuarto al dominicano Santiago Candy Rosa. Ambas realizadas en el Luna Park.
Luego siguió un entrenamiento riguroso en Santa Fe, y más tarde continuó Buenos Aires, para viajar a Roma el 24 de octubre, dos semanas antes de la confrontación ante Benvenuti.
En el vuelo de Aerolíneas Argentina acompañaron a Monzón, Brusa, Lectoure y el sparring José Menno. También viajaron otro púgil que colaboró con la puesta a punto final, Juan Aranda, y el preparador físico Oscar Patricio Russo. Todo listo para afrontar la inolvidable y lluviosa noche en Roma.

Lluvia en Roma

El día de la pelea se vieron las caras por primera vez los dos boxeadores, para cumplir con ese riguroso trámite obligatorio que es la balanza. La actividad se realizó en el teatro Cambra Iovanelli alrededor de las 10 de la mañana. Coincidieron en 72,500 kilogramos, aunque pareció llegar algo más esforzado el italiano porque subió a la báscula totalmente desnudo. Luego Monzón mantuvo una vieja costumbre que tenía algo de gastronómico y otro poco de cábala: tomarse un termo completo con caldo de gallina “para hidratarse”. ¿Cómo hizo para conseguirlo en Roma? Se lo preparó la esposa del entrenador Juan Carlos Lorenzo.
Pero al atardecer, antes de partir para el Palacio de los Deportes, Lorenzo cumplió, además del caldo, con lo que le había prometido a la delegación que encabezaba Lectoure. ´El Toto´ vivía en Roma, dirigía el plantel de fútbol de la Lazio y tenía que acercar un médico de confianza para que le infiltre los dos puños a Monzón. El médico del plantel se negó a inyectarlo con novocaína. Ante eso, Lorenzo conocía dos médicos argentinos que trabajaban en Roma. Entre los dos hicieron rápido el trabajo pero dejaron en claro algo: el efecto duraría una hora. Demorados, un auto contratado por la promoción los llevó al estadio.
Unas 16 mil personas esperaban en el Palacio de los Deportes para ver al campeón e ídolo Benvenuti. Casi nada sabían de Monzón, a tal punto que la prensa en la semana previa se preguntaba quién era, hasta con un grado de ironía. Pero los dos caminos se cruzaron en momentos diferentes. Nino aburguesado, lleno de dinero, fama, gloria. Mientras que Monzón no tenía nada y comenzaba a decir su frase célebre: “para mi los rivales son tipos que vienen a robarle el pan a mis hijos”.
La pelea fue toda del santafesino, quien subió seguro y muy bien preparado física, boxística y mentalmente. A partir del tercer round comenzó su trabajo de demolición. Un sello de su boxeo. En el décimo una dura derecha puso en malas condiciones al italiano. Y en la vuelta doce llegó la obra maestra: lo corrió por el ring, lo acomodó con la izquierda y sacó la derecha larga y fulminante que explotó en el rostro de Benvenuti, quien se desplomó sobre su propio eje, dejando en claro que pese a sus aleteos, no tenía sentido ni siquiera la cuenta del árbitro alemán Rudolf Durst, quien marcó el final al minuto y 57 segundos.
Unos 200 santafesinos que había viajado exclusivamente para la pelea festejaban en un rincón del estadio. El resto se mantenía en silencio por la sorpresa de la caída del ídolo local, y el nacimiento de uno de los más grandes medianos de la historia. Argentina conseguía su cuarto campeón mundial de boxeo. Pocos habían confiado en él.
Llegaron al hotel, hubo felicitaciones sinceras y protocolares. Llamó el entonces presidente de facto Roberto Marcelo Levingston, quien hacía cinco meses que ocupaba el cargo y no sabía que le quedaba un tiempo similar de recorrido, en aquellos años en los que la democracia no era tenida en cuenta y el poder se disputaba entre miserables internas militares.
Cuando llegaron a Buenos Aires, los esperaba una multitud en Ezeiza. La autobomba de los bomberos de Lanús se disponía para ser el carruaje que llevaría al flamante campeón hasta el Luna Park.
Monzón se coronaba de gloria y ponía fin a un ciclo brillante de Benvenuti, pese a la revancha del año siguiente que volvió a ganar el santafesino. Pero lejos de odiarse, ambos se consideraron amigos. A tal punto que Nino, allá por enero de 1995, no dudó en tomarse un avión y llegar a Santa Fe, para el velatorio de Carlos.
Roma, la ´Ciudad Eterna´, fue el escenario justo para un campeón mundial eterno. Pasó medio siglo y esa noche se mantiene vigente, como una de las máximas proezas libradas por la rica historia del boxeo argentino.

FOTOS: AGENCIA AP / DIARIO CLARÍN

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