BOXEO INTERNACIONAL

Víctimas y victimarios

El árbitro Tony Weeks paró presurosamente una pelea en el 1º round cuando casi no había pasado nada. ¿Exceso de precaución, apuro, miedo, sobreprotección, negocio, o poco criterio? Con 30 años de carrera y casi 900 combates en el lomo, no puede alegarse inexperiencia ni impericia. ¿Y si existía la cuenta de pie?

Por GUSTAVO NIGRELLI (especial para A LA VERA DEL RING)
Quienes siguen el mundo del boxeo por TV habrán visto el sábado pasado en Las Vegas la definición de la pelea de fondo entre el prometedor yanqui Vergil Ortiz Jr (invicto en 20-0-0, 20 KO) y el ghanés Fredrick Lawson (30-4-0, 22 KO): fue KOT 1 para el invicto local.

El árbitro Tony Weeks (bien considerado en su momento, incluso como uno de los mejores) detuvo la pelea en el 1º cuando apenas un golpe había llegado a la cara del africano, y el resto fue una andanada contra las cuerdas que en su mayoría pegó en los brazos o fue al aire, mientras Lawson se cubría para capear el vendaval, como hace cualquiera en cualquier pelea.

A Weeks “le pareció” que estaba sentido -le pareció-, porque no reaccionaba, no respondía, no tiraba golpes, y tal como dictan las reglas internacionales, la paró. O sea, aplicó el reglamento internacional.

¿Qué iba a esperar? Si le pareció, le pareció, e hizo lo que dictan las reglas, no sea cosa que por esperar un segundo más para sacarse las dudas llegue un golpe letal que traiga amargas consecuencias y quede marcado para toda la vida. Nunca hay que cerciorarse jugando con la salud del otro, ni ponerla en riesgo para tomar una decisión más óptima.

¿Conclusión? Le llovieron críticas por doquier de los mismos que pregonan este comportamiento y forma de actuar sobre el ring de un árbitro, es decir, la protección de la integridad física, y ni hablar de quienes se sintieron estafados, o perjudicados, que fue el resto, en forma unánime.

De haber existido la cuenta de pie, otro gallo cantaría, porque entonces hubiese tenido una herramienta más, más tiempo para evaluar, para ver mejor el estado del púgil, e incluso escucharlo y tal vez hasta recibir una queja de su parte. Y la pelea seguramente hubiese continuado como si nada, con la ventaja de poder seguir controlando su desarrollo con mejor criterio, sin perder la chance de volver a contarle si fuere necesario, o directamente pararla, ya con mayores elementos de juicio.

A cambio tuvo que soportar los embates de la prensa especializada, el abucheo del público -que cada vez que mostraban en pantalla gigante las inocuas acciones y el rostro de Weeks, lo redoblaban-, e incluso la furia (razonable, entendible, lógica, justa) del propio Lawson, que hasta amenazó con fajarlo debajo del ring, mientras arriba hubo que frenarlo entre varios para que no cambiara de oponente y se la desquitara con él, quien no sabía dónde meterse, escondido en su rincón neutral con inocultable arrepentimiento.

Pero los burros somos los que defendemos (y usamos) la cuenta de pie, al menos hasta ahora, como sucede en nuestro país (NdR: dicen que la van a quitar del nuevo reglamento que entraba en vigencia el 1º de enero, pero aún nadie avisó nada).

Esa cuenta absurda e inhumana que se efectúa para darle respiro al boxeador y que le sigan pegando. Esa cuenta “al pepe” e “innecesaria”, que quizás hasta podría hacer que el dominado se recupere y dé vuelta el combate, o lo que es peor, sacarle el KO al que domina, o quitarle “brillantez” a su definición.

Nunca se ponen de acuerdo los detractores de la cuenta de pie respecto de qué es lo malo de ella, o qué problemas ocasiona, porque uno dice una cosa y otro otra, diametralmente opuesta.

Situaciones como las del sábado pasado hay a patadas en el boxeo, y siempre es el árbitro quien está expuesto a la estresante tarea de definir en un segundo algo que podría hacerlo en 10, después de contar y evaluar.

Las acciones en el boxeo son tan rápidas, que una sola piña en una fracción de segundo puede mediar entre la tragedia y la gloria, o el cielo y el infierno. Por eso la duda de un árbitro no sólo puede ser letal, sino que puede acelerar algo que estaba aún crudo -como le pasó a Weeks- y quedar expuesto. Sin embargo, la acción tardía lo dejaría mucho más.

Entre dos males, la frialdad de conciencia va a elegir el menor. Si no era el momento, que nadie se queje. Es el método que los grandes cráneos avalan. El problema es que quien tiene que decidir es el otro y con urgencia, lo cual es una presión que termina por distorsionar cualquier criterio. ¿Cuál era el problema si Weeks hacía una cuenta de pie?

La regla expone al árbitro cruelmente y lo obliga a acertar -más por azar que por sabiduría- en el segundo preciso, y de no ser así, a ser denostado por apresurado o por pasivo.

La pregunta es ¿qué hubiera pasado si en la misma situación que el ghanés hubiese estado Ortiz, el local e invicto, o sea, el favorito? ¿También la hubiera parado Weeks? ¿Si Vergil Ortiz no hubiese sido invicto -como lo es- y noqueador, al punto de tener el 100 % de KO en sus combates (5 KO 1 en sus primeras 6 peleas, 4 de ellos desde el arranque), hubiese actuado Weeks con tanta premura?

Queda la duda. Desde acá, se ve difícil que eso ocurriera, aunque es algo contra fáctico. Lo que sí se puede asegurar es que el mecanismo mixto de la cuenta de pie lo hubiese ayudado, por ser más gradual, más reflexivo, menos traumático, y por ende, más efectivo, sin perder ninguna de las funciones que encierra la tradicional por caída. Una forma moderada de conducir, se llegue o no al mismo final, pero sin justificar yerros con la excusa de decidir en un segundo, con la eterna sospecha de si fue por protección, o por negocio.

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